Hace unos días entré por primera vez a Zara Home. La cantidad absurda de sábanas en vez de muebles me sorprendió, pero lo que más me llamó la atención fue que todo era beige. Todo estaba hecho en madera “artesanal”, perfectamente diseñado para una historia de Instagram. Los osos tejidos eran del mismo color que la pared: beige, aburrido, limpio, sobrio. Ya no hay tableros mágicos ni carros rojos porque no serían tan instagrameables. Y este es el dolor que muchos creativos sentimos hoy: todo está muy lindo… y muchas veces necesitamos algo cochino.
Desde 2021 llegó la ola de las beige moms: mujeres cuya meta es tener una vida monocromática, desde sus outfits hasta los juguetes de sus hijos. En muchos lugares se les hace sátira como las Sad Beige Moms, porque tener seis años y que tu habitación sea beige y caqui es, sinceramente, triste. Lo menciono porque hay algo generacional ahí: cada época le contesta a la anterior. No solo en lo que escuchamos, sino en cómo vivimos, vestimos y creamos.
La buena noticia es que ya estamos en un punto en el que escuchar a Tokischa no lo catalogamos como un placer culposo. Ya pasamos esa etapa agotada del “no lo conozco, lo odio”. Ahora amamos lo vulgar.

Lo vulgar también tiene su belleza: la del exceso, la de lo inmediato, la de lo que no pide permiso. Lo vulgar no necesita teoría ni caption. Vive en el gesto, en el sudor, en el brillo. Y a veces, en eso, hay más verdad que en cualquier objeto beige con textura lino.
Quizás amar lo vulgar no sea una falta de gusto, sino una forma de resistencia. Una forma de recuperar el instinto, lo sucio, lo que no cabe en un feed planificado.
