Hace aproximadamente tres años aprendí a tejer en un pequeño grupo de mujeres liderado por otra gran mujer. Si hubiera tomado un tutorial de YouTube para aprender quizá habría aprendido la técnica, pero no hubiera llegado a conocer a esas personas que me enseñaron a disfrutar de cada momento de mi vida mientras aprendía a hacer una simple lazada.

El tejido como terapia y espacio de sanación
Historias que podían sonar irrelevantes o en su contrariedad, cargadas de profundidad. Descubrí que el tejido me ayudaba a tomar conciencia del presente, a detener el torbellino de pensamientos sobre lo incierto y a habitar más plenamente el ahora. En la repetición del movimiento aguja, hilo, puntada, he encontrado un espacio de liberación que ha ayudado a darle estructura al caos interno en un mundo saturado de ruido
Al pensar en mi experiencia, me vienen a la mente las tejedoras de Colombia, un grupo de mujeres sobrevivientes en la costa caribeña colombiana, quienes a través de su experiencia han ayudado a comunidades a superar la violencia. El tejido que crean con sus manos no es tan sencillo como unas simples cadenas de nivel básico, así como su historia tampoco lo es y es ahí donde comprendemos que lo que tejemos, la técnica y la forma en que lo hacemos está profundamente entrelazado con nuestro propio camino. Uno no es mejor que otro, más son vivo testimonio de en quién nos convertimos y el legado de nuestra historia.
Catarsis en cada puntada: tejer para sanar el alma
El tejido es entonces testimonio de quien lo hace, de su tiempo y de su historia, es creación que se traslada a un objeto con memoria. Tanto en mi pequeño grupo de mujeres como en Mampuján, descubrí que tejer no es solo crear objetos, es creación con un significado y un trasfondo personal y colectivo que reúne empoderamiento y reconciliación.
Crear con las manos es crear con el corazón.